La mirada de los niños de Eko: “¡Españoles buenos!”

La mirada de los niños de Eko: “¡Españoles buenos!”

Si algo es realmente sorprendente en los campos de refugiados que hay en la zona norte de Grecia es la actitud de los más pequeños. Llevan viviendo allí meses y meses, algunos en situaciones realmente precarias, y aún así, su sonrisa sigue presente.

Con el atardecer de fondo, la llegada al campo de Eko adquiere un tono más tranquilo, incluso idílico, hasta que nos encontramos con la gran patrulla española que trabaja en ese campo improvisado. Un gran número de españoles se encarga cada día de organizar el trabajo y consigue que las 1.500 personas que aproximadamente viven allí avancen día a día.

Los niños son los primeros que nos dan la bienvenida, y sus miradas lo dicen todo. “Los niños principalmente necesitan cariño” nos dice un voluntario, y así lo percibimos cuando son ellos los que toman la palabra.

“¿De donde sois?” pregunta uno de ellos en un inglés recién aprendido en el campamento, “españoles” respondemos. “¡Españoles buenos!” exclaman con una sonrisa en la cara y señalándonos a las más de diez personas que en ese momento juegan con la treintena de niños que se agolpan en el parking de la gasolinera de Eko.

“Españoles son buenos, ayudan mucho” nos repiten. Algunos incluso saben catalán tras convivir meses y meses con los muchos voluntarios que llegan desde esa zona de España. Uno de ellos, Hamed, un  niño de tan solo once años que a los pocos minutos de estar con nosotros allí, dice: “estamos aprendiendo español, mira”, mientras nos enseña un papel que acaba de sacar de la mochila. En él aparece un pequeño esquema con las expresiones más básicas en castellano, catalán y árabe, para que los más pequeños puedan aprender.

Mirada niños 2

Otros incluso, nos cuentan su historia. Cuando les preguntamos por su vida en el Campo, Ahmed de tan solo doce años nos cuenta que vive con sus amigos, su familia no está con él. Nosotros le preguntamos por sus progenitores, “ellos no están” sentencia mientras balancea los brazos para dejar de hablar y agacha la cabeza para mirar al suelo. Tras eso, un abrazo. Imposible añadir nada más.

Su vida continúa, ahora alejados de las bombas que siguen cayendo sobre su país, Siria. Su vida sigue avanzando, ahora, en los alrededores del continente de la esperanza y de los derechos humanos que les deja atrapados sin poder cruzar la frontera. Apoyados tan solo por los voluntarios que desinteresadamente dejan su vida por un tiempo y se lanzan a ayudar. Su mirada continúa limpia, sin nada más que escribir que un futuro alejado del terror.


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