Día 1: Olores y ruido

Día 1: Olores y ruido

Primer día sobre suelo nepalí. Nos levantamos en nuestro “hogar” desubicados. La plena luz del día entra por la venta sin cortinas y nos incorporamos sobre un fino colchón nepalí en el que hemos descansado sorprendentemente bien. ¿Por dónde empezamos?

Una ducha fría nos espabila y salimos a las caóticas calles de esta gran ciudad. Continuos olores atacan nuestro sentido del olfato sobre el que predomina el suave incienso, incienso para los rezos, incienso para los malos olores, incienso que nos lleva hasta el centro del propio Nepal.  Una plaza en la que tres estructuras forman un triángulo que reflejan lo que significó el terremoto. A nuestra izquierda,  un templo budista intacto tras el temblor;  frente a nosotros, el Palacio del Rey visiblemente afectado; justo detrás de nuestra figura, un templo hindú destruido por completo. Tres expresiones de lo que significó el terremoto en la capital nepalí. Estructuras que aguantaron sin problema y otras que no permanecieron.

Un local nos explica que el Palacio del Rey fue la residencia oficial de la monarquía durante siglos. En los noventa, con los continuos cambios en el poder, el lugar sirvió como museo para retratar la historia del país asiático. Ahora es un peligro para aquellos que se acercan. Las fuerzas de seguridad protegen el lugar y nada más que algunos monos escalan por su estructura. Algunas grietas permiten demostrar lo realmente afectado que se mostró el palacio.

El lugar parece que pelea con otras estructuras, y todo tiene su sentido. Este mismo nepalí que nos acompaña en los primeros días sobre el terreno nos explica que fueron tres las dinastías que buscaron controlar el poder del país, y la fuerza de sus edificaciones explicaban el poder que tenían y podían abarcar.

Los grandes emblemas de la ciudad quedan atrás para adentrarnos en la vida de Katmandú. Sus estrechas calles y su caótico tráfico (con sonidos constantes de claxon incluidos) nos han permitido sentir cómo viven los nepalíes día a día. «Tienen prisa para lo que quieren» nos cuenta una española, que lleva semanas sobre suelo nepalí, cuando les preguntamos por los horarios tardíos con los que viven pero las prisas que parecen tener cuando conducen.

Las calles de Katmandú engañan. Paso a paso parece que las viejas estructuras y el cableado caótico de la ciudad no consiguen esconder los continuos templos que guarda la capital. Paramos en uno de ellos, justo en el momento en que se llama al rezo, suenan tambores. Estudiantes budistas acuden al aviso para comenzar a rendir culto a su Dios, y empiezan. Sus suaves murmullos van ascendiendo lentamente hasta llenarnos los oídos, rezan a través de la música. Van sumando poco a poco diferentes instrumentos, diferentes voces y el tiempo parece congelarse, rinden culto a los cuatro elementos de la naturaleza, el fuego, el agua, la tierra y el viento. Es extraño, es diferente, pero sin duda es impresionante.

El primer día ha terminado con mucha dedicación frente al ordenador y muchas llamadas de teléfono. Seguimos avanzando. Gracias por estar al otro lado.


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