Día 1: Idomeni

Día 1: Idomeni

Se hace de día y te despiertas con algo en el estómago. Un nudo de nerviosismo e incertidumbre porque sabes que es el día en el que te tienes que enfrentar a una realidad que nunca debería haber existido. Hoy hemos estado en Idomeni, hoy hemos visto las vergüenzas de la Unión Europea al descubierto.

A pesar de que la llegada no nos ha resultado sencilla (las infraestructuras griegas merecen un reportaje aparte), a eso de las 11 los carteles indicaban que apenas cinco kilómetros nos separaban de nuestro destino. Cinco kilómetros en el que el ritmo cardíaco va en aumento y que horas después nos hacen reflexionar. Una reflexión que ya nos adelantaba un joven alojado en el campo: a pesar de todo los problemas que hemos podido tener, en menos de dos días nos hemos encontrado en la frontera con Macedonia; él ha necesitado dos meses.

A esta distancia ya es imposible perderse de camino al campo. Los arcenes de la carretera se empiezan a llenar de personas siguiendo una misma ruta. Idomeni te recibe con olor a leña y con rezos. Apenas un par de casas, una tienda y un restaurante hacen las veces de entrada, y es que este pequeño municipio difícilmente se podría llamar pueblo. Idomeni ha sido siempre una mera estación ferroviaria, la última antes de entrar en suelo macedonio. Ahora lo que menos importa aquí son los trenes y la gente sólo espera que esta sea la primera parada de una nueva vida.

Con el temor que provoca la ignorancia, los primeros pasos dentro del campo son dubitativos y cuidadosos, intentando controlar cada gesto y cada mirada. Puesto de frutas a un lado, una pequeña peluquería improvisada en el otro. Gente que va y que viene. Y las primeras tiendas de campaña marcando el camino que llega hasta las vías del tren. Es ahí cuando de verdad comprendes la magnitud de lo que está sucediendo. Tiendas y tiendas allí donde quieras mirar. A un lado, al otro. Delante, detrás. Y eso que más tarde todo el mundo nos confirma que el volumen de refugiados del campo ha bajado en más de la mitad. De 16.000 han pasado a unos 6.000, un número igualmente escandaloso.

Cualquier duda que puedas tener sobre el recibimiento se disipa rápidamente. La gente saluda, los niños ríen y en algún momento llegas a olvidar todo lo que allí está sucediendo. Pero todo eso está ahí, y la sonrisa de los niños no evita que la precariedad y la desesperación estén presentes. El cansancio acumulado, la pérdida de la ilusión, la injusticia. La esperanza escrita en grandes letras no puede evitar que ésta acabe por marcharse, como lo hacen muchos de los refugiados cuando terminan por pensar que la valla nunca se abrirá.

Hacer cola para ir al baño, para conseguir ropa o comida, para todo lo que necesiten, ese es el día a día de todos los que allí viven. Una existencia que sería todavía más complicada sin la presencia de multitud de voluntarios que pueblan el lugar. Los idiomas se mezclan por todos los lugares y los ‘hello’ que se convierten en ‘hola’ son una constante. La presencia española es mayúscula y resulta gratificante observar su trabajo. Los niños tienen con quien jugar, las madres tienen con quien hablar y quien les ayude con los pequeños que no pierden la energía ni un solo segundo.

Todo el mundo tiene una historia que contar, una historia que se te queda dentro y que, cuando te vas alejando del campo, te acompaña. Nosotros nos marcharemos pero ellos seguirán allí esperando por algo que cada día ven más improbable que ocurra.

Refugiados reclamando la apertura de las fronteras. Rubén Mendoza
Refugiados reclamando la apertura de las fronteras. Rubén Mendoza

 

“Nuestros niños mueren aquí”

Al llegar un grupo de hombres charlan sobre las vías. A los pocos minutos, cuando volvemos a pasar por delante, se “manifiestan” frente a los policías que hacen acto de presencia en el campo. “Gracias UE por apoyar a las mafias”, “Gracias UE por cerrar las fronteras” o “Abrid las fronteras o enviadnos a morir” rezan algunos mensajes escritos sobre cartones.

Algunos han perdido la esperanza y han salido de allí. Otros se niegan a seguir el mismo camino. La presencia policial ha aumentado, sirviendo de presión para que el campo se disuelva. “Reparten algunos panfletos por las mañanas” nos cuenta una voluntaria, “es su forma de presionar para que se vayan”. Algunas mañanas llegan las furgonetas de ACNUR y “los llevan a otros campos, ya controlados por el gobierno” nos cuentan.

En nuestra llegada a las puertas de Europa la presencia policial va en aumento. En las carreteras pueden observarse coches de policía o incluso patrullas más amplias que pretenden controlar a quienes acceden al campo. Nos advierten un par de ocasiones con que tengamos cuidado con las cámaras, “pueden quitároslas” nos comenta una voluntaria. “Hace un par de días nos quitaron algunas prendas de ropa cuando llegábamos, así que ahora las traemos escondidas” añade.

Muchas son las voces que apuntan a que el campo no tardará en ser disuelto. Hace muchos meses que esa idea llegó al campo, y todavía no se ha ido a pesar de que no se haya convertido en algo real. “La bajada de volumen de refugiados aquí ayudará a que el campo sea disuelto” nos cuentan. A pesar de ello, todos siguen funcionando como estos últimos meses. Ellos siguen cuidando de sus familias. Ellas siguen peleando por los más pequeños. Ellos, los niños, a pesar de todo, siguen sonriendo.

Centenares de niños viven en Idomeni. Rubén Mendoza
Centenares de niños viven en Idomeni. Rubén Mendoza

3 thoughts on “Día 1: Idomeni”

  • 1
    Santiago de Cea on mayo 14, 2016 Responder

    ENHORABUENA

  • 2
    María S. on mayo 14, 2016 Responder

    ¡Buen trabajo, mucho ánimo!

  • 3
    Paloma on mayo 14, 2016 Responder

    Estáis haciendo un trabajo estupendo.Sois geniales.La crónica estupenda y las fotografías,maravillosas.

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